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Y LA BANDA SIGUE TOCANDO

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Nota: Iván Isolani / Fotos: Milagros Medero.

Los Auténticos Decadentes hicieron que un jueves se transforme en el comienzo del fin de semana. Para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero: 30 años de carrera de la mano de unos pendeviejos que surgieron como un milagro argentino y hoy ostentan el título de “los reyes de la canción”.

Ante cualquier situación adversa, no convoque a ningún gobierno. Auténticos Decadentes” decía Cucho en el mismo instante en que la banda pasaba con una soltura de acordes y tempos precisa (que solo dan los años recorridos) de un tema más romanticón como Loco (tu forma de ser) a Siga el baile. Todo, compactado en el mismo tiempo que un suspiro tarda en pasar del tiempo presente al pasado.

Entrar a Niceto un par de horas antes de esa declaración significó impregnarse de un coro popular agitando al unísono “quiero tocar la guitarra todo el día. Y que la gente se enamore de mi voz…”. Una especie de manifiesto decadente que no admite una pérdida temporal de vigencia: al igual que la transmisión de los valores culturales nuestros como el mate, el dulce de leche, Los Redondos o la pasión por algún club de fútbol; esa simple declaración de principios ofició como un indicio de que en días de la semana, en horas calculadas, el jueves no iba a ser uno más. El tiempo es hoy. Mañana, fue.

Los 30 años de trayectoria le dan la posibilidad a Los Deca de formar parte de ese amplio pero a la vez reducido grupo selecto de bandas de culto de nuestro país. Atraviesa a las juventudes que bailan El murguero en cumpleaños de 15; a los treintañeros que dedicaron casi de forma completa el “bloque Serrano” (Yo no sé lo que me pasa, Diosa, Auténtica y Viviré por siempre); y hasta a esos pendeviejos que no quieren entregar las armas de la retirada del mercado de todo amor y cuando suenan Los piratas se señalan el espacio vacío del anillo carcelero aduciendo, con la combinación “sonrisa-guiño de ojo”, que hoy pueden lucir orgullosamente esa parte que está más blanca.

Mientras las nuevas generaciones se amontaban debajo del escenario bailando cuerpo a cuerpo, los treintañeros se conformaban con una de 330cc en una mano, agitando la otra al cielo. Un trío de sesentones muy renovados en su look dibujaban estelas en el aire con una copa de champagne y le revoloteaban a una rubia que estaba entusiasmada con las pendevieji-selfies.  El gremio del pirata es muy sacrificado.

Lo interesante de la banda es pensar que la gran mayoría de los temas tienen innumerables guiños al pasado, a épocas que ya no están y son revisitadas casi melancólicamente desde un presente que cambió. A caravanas que cedieron ante una familia y antes los años; ante el amor o desamor de letras como Besándote, Osito de peluche de Taiwan o El pájaro vio el cielo y se voló; que juegan con que cualquiera pueda cantar la preciosa parte “milagro de la creación” pero mientras se funde en sonidos de cumbia, cuarteto, o cree tirar pasos de murga. O a esa prima lejana en voz del Cebolla que te hace imaginar esa comunión maravillosa de sirena/estrella que se encontraron y uno, que al igual que el protagonista es un ser humano y no se debe permitir perderse este regalo.

El bombo, los estandartes, las rastas de El Francés: son vitalicios del club Decadentes. Las Pochi Peluca, aquel gran señor que en cada golpe de timbal ahoga las penas y vuelve a comenzar amorosamente; el traer un enganchado made in 1989 (Vení Raquel y Entregá el marrón) a la actualidad con Cucho en cuero agitando unos abdominales profundamente derrumbados mientras un plomo cantaba. “¿Qué voy a hacer? Yo soy así”. Y si… Decadentes, así somos.

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